Tercer domingo de Pascua

¿No ardía nuestro
corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?

 

Dos peregrinos “estaban de camino
hacia una aldea, llamada Emaús”. ¿De qué
hablan? De Jesús. Y Jesús aparece y les entretiene. Se hace ver, ¡y luego
desaparece! Pero
su Nombre, su Persona no puede desaparecer de su mente: exclaman entusiasmados:
“¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba
las Escrituras?”

 

Os exhorto, pues, a poner
mucha atención a la Palabra de Dios, escuchándola como un discurso de la más
alta importancia. A menudo basta una sola frase, una sola sentencia, un solo
pasaje de la Escritura bien reflexionado, para producir efectos asombrosos. Por
esto la Palabra de Dios es llamada semilla: la semilla es un pequeño granito
que, entrado en la tierra y cultivado, desarrolla un árbol de grandes
dimensiones. Igualmente, una máxima, entrada bien en vuestro corazón y
cultivada con la sana reflexión, pone raíces y se extiende, y termina con dar
frutos en su sazón.

 

Una regla para sacar provecho
de la Palabra de Dios es la reflexión. Reflexión quiere decir volver con el
pensamiento sobre lo que se ha entendido: es una especie de meditación. Esto,
pues, es un medio muy eficaz para sacar provecho de la Palabra de Dios: pensar
y repensar lo que acabamos de escuchar. Otra condición indispensable para sacar
provecho es la asiduidad en la escucha; aunque una máxima, una sentencia, un
buen ejemplo, puedan producir tal vez fuertes impresiones y obrar una inmediata
mutación en el corazón, también la mayoría de las veces una sentencia, una
máxima, un buen ejemplo no bastan. Hace falta exponerse durante largo tiempo
bajo la lluvia de la gracia para que gradualmente ella penetre hasta la médula
de nuestros huesos.

 

Vol.13, archivo 1996 + Vol.
10, archivo 1797